martes 25 de noviembre de 2008

Nadie dijo que fuera fácil. Me refiero a correr, esconderse, tratar de
querer a alguien, pasar las noches despierto, no enredarse con la
mierda del Dios bueno y el Dios trabajo, avanzar sin tirar el lastre,
esquivar las balas y tratar de averiguar qué coño pueden hacer los
niños en medio de las bombas enterradas en el suelo y las bombas que
caen desde el cielo y todas las otras bombas escondidas en la saca del
cartero dentro de envíos contrarrembolso.
Tenía un amigo que casi nunca llegaba a tiempo y que siempre pedía
más dinero del que podía devolver. Todos sabíamos que no le iban bien
las cosas, pero cuando le veías no podías jurar que no fuera un
príncipe. Parecía uno de esos herederos que se pasan la vida haciendo
lo que les da la gana porque saben que algún día todos sus problemas
se arreglarán y todos los fantasmas se irán por donde han venido.
Todos sabíamos también que no había ninguna herencia esperándole,
pero lo cierto es que nadie en el mundo se lo merecía más que él.
Tenía un coche francés, un tiburón. Era un coche precioso. Le debía
dinero a todo el mundo, pero jamás vendió su coche.
Recorría la ciudad buscando dinero dentro de su coche y lo cierto es
que casi todos sus amigos estábamos de acuerdo en que había que
hacer cualquier cosa antes que perdiera un coche como ése. No le
gustaba nada tener que pedir dinero, así que se bajaba de su
maravilloso tiburón y te decía: Amigo, no me dejes colgado. Con él y su
coche descubrí que algunas personas valen más por lo que piden que
por lo que dan.

1 comentarios:

Vicent Adsuara i Rollan dijo...

Hay una belleza en el que sabe pedir o encontrarse con el sustento que dice más de la del que da, hay quien da por una necesidad teleológica, porque espera recibir algún día, y este a mí no me parece bello.
Yo conocía a un hombre que estaba enganchado a la droga, seguramente drogas como organolépticos y orales, por lo que no estaba en las últimas, aunque lo veías siempre en busca del dinero que se las proporcionase, y hace poco lo he visto rollizo, más gordo, con buena cara y con un niño de la mano, quizá su hijo, ha rehecho su vida y se ha casado quizás, lo cierto es que tenía cierta belleza en esa mirada de pirata de la modernidad que le daba el ir siempre detrás de la dosis y el dinero para conseguirla. Bueno, no todos acaban bien, hay quien muere en su propia belleza como esos pioneros del romanticismo que murieron de sífilis o los primeros sidosos, pero bueno, la belleza si no es vista por uno mismo es dura, y en el no servirse de ella del sujeto radica en verdad. Te dejo Bárbara, voy a ver si hay algún otro amigo a quien comentar, hoy tengo el día libre.